lunes, 16 de septiembre de 2013

Entre dos canciones y ninguna mirada.

Shout, de Tears for fears, himno contrastado, sonando en el aleatorio de la Sala Revolver, recordándome que no soy tan joven como pretendo, mientras persigo ninfas en jardines prohibidos.


Nunca podré dejar de ser un puto soñador, pero es porque ella está aquí. No es un sueño onanístico.


Resisto bien las tentaciones gracias a mi absurda timidez ¡como si tuviera algo que perder! El problema de la autoestima variable, es la dependencia de las drogas blandas para conseguir espolear al alma, a un estadio superior de inconsciencia creativa. 
Socializar es fácil, arrastrarme también, lo difícil es el equilibrio entre lo atractivo y lo desesperado, entre la inspiración locuaz y la verborrea tópica.
 Ahora necesito otra vez esa canción que me incendie, que haga ilusionantes las sonrisas que ahora parecen condescendientes, o quizás otra cerveza, o quizá ambas.


Zombi, de Cramberris para tu indiferencia a mi lisergia autoinflingida.



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